Puede ser por una cosa comercial o porque los medios lo narran así, pero me fascinan las historias inspiradas en mundos online: el compañerismo, la opción de llevar a fuera de la pantalla algunas relaciones y cómo se plantean como experiencia son algo que siempre he añorado vivir. Me gusta la idea de que un grupo de completos desconocidos pueda terminar formando una pequeña comunidad sólo porque todos coincidieron una noche para completar una dungeon. Me gusta pensar que detrás de cada personaje hay alguien real con una historia, un posible mal día y un café enfriándose al lado del teclado dispuesto a leerme (aunque sea para matar un boss). Y, sobre todo, me gusta esa fantasía tan propia de los MMO donde una amistad virtual deja de existir únicamente dentro de una pantalla.
Y, sin embargo, una de mis grandes deudas como videojugadora es no haber experimentado nunca lo que muchos describen como “la verdadera experiencia MMORPG” pese a haber pasado por Ragnarok Online, Guild Wars 2, Final Fantasy XIV, Tree of Savior y unos cuantos más que probablemente estoy olvidando. El problema es que nunca conseguí hacer coincidir las dos variables más importantes: suficiente tiempo y una buena party.
Quizá por eso me gustan tanto las historias de romance ambientadas en MMORPG, no porque espere encontrar al amor de mi vida mientras farmeo, sino porque suelen mostrar cómo los videojuegos son un canal para conocer tantos lados de otras personas. Ese es precisamente el punto de partida de Yamada-kun to Lv999 no Koi wo Suru.

Akane es una joven universitaria que empieza a jugar Forest of Savior porque su novio está completamente obsesionado con él. Cuando él termina dejándola por otra jugadora del mismo MMO, decide asistir a un encuentro presencial del juego para demostrar– principalmente a sí misma– que ya pasó página. Ahí conoce a Yamada; legendario jugador profesional, miembro de la guild en la que ella participa y *chef ‘s kiss* 😔👌 e inicia este romance.
Yamada-kun es un manga ligero shoujo que une romance con el mundo del gaming y las relaciones que se crean en él (las buenas y las no-tan-buenas) y cómo realmente no existe una línea divisoria entre la vida “real” y el videojuego, porque para quienes pasan cientos de horas compartiendo un mundo online esa separación nunca ha sido tan clara poraue simplemente se siente normal.
Y, aunque no estoy segura, creo que es esa normalidad lo que más me gustó.
Mientras veía el anime (y luego leía el manga que UFFFF 🔥🔥🔥) me di cuenta de que, si bien estaba especialmente pendiente de cómo y cuándo Akane y Yamada terminarían juntos; también disfruté cada minuto donde se podía ver a la guild reunida, sea con las conversaciones del chat o cómo comían en alguna salida. Observar cómo esa pequeña comunidad de quienes alguna vez fueron desconocidos empezaba, poco a poco, a sentirse como algo más.
Porque cuando pienso en los MMORPG que más recuerdo, rara vez pienso primero en los sistemas de combate o en el contenido endgame (FASHION META), sino en la posibilidad de pertenecer porque nunca terminé de vivir esa experiencia.
Pero, curiosamente, Yamada-kun consiguió hacerme sentir un poquito parte de ella durante unas cuantas horas; y creo que ese es uno de los cumplidos más bonitos que puedo hacerle a una historia.
(Y, OH, el fanservice. Nunca olvidar el fanservice)


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